De la ebanistería a las partituras: Los orígenes de un genio
Santo Domingo.- Nacido en el emblemático sector de Villa Consuelo un 13 de marzo, Salvador Peguero —nombre de pila de Melvin Rafael— creció como uno de los tres hijos de una madre soltera y de escasos recursos. Debido a la situación económica, tuvo que salir a trabajar desde muy temprana edad para ganarse el sustento.
Encontró en la ebanistería un primer refugio para canalizar su creatividad, aunque en ese entonces aún desconocía cuál era su verdadera vocación y el trascendental papel que el destino le tenía reservado.
Melvin Rafael es una verdadera leyenda viva de la música tropical dominicana. Es un hombre de piel morena, contextura delgada, de cabello canoso y rebelde, pero siempre con una sonrisa que inspira confianza.
Su epifanía con el arte ocurrió en el año 1963. Recuerda con lucidez el día en que una orquesta comenzó a tocar en un club de su barrio; al escuchar las letras y las melodías, sintió de inmediato que la música tocaba las fibras más profundas de su corazón. Impulsado por esa revelación, tomó la decisión de acudir al Conservatorio Nacional de Música para inscribirse. Sin embargo, se topó con una dura realidad: no pudo ingresar porque no sabía leer ni escribir.
Lejos de rendirse ante la adversidad, a la edad de 15 años inició su proceso de alfabetización de manera independiente. Una vez superada esa barrera, comenzó formalmente sus estudios musicales en la Academia Juan de Morfa y, posteriormente, en la de Luis Mena. Fue allí donde el joven de Villa Consuelo aprendió los secretos del bajo, la armonía y el solfeo, sentando las bases del gran compositor en lo que se convertiría.











