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21 septiembre 2026

Diáspora dominicana, la prueba de que un país pequeño puede ser inmenso


Por Jhonny Trinidad.-
Hay países que se miden en kilómetros cuadrados y en la distancia que recorre su gente. República Dominicana cabe apenas tres veces en el estado de Nueva York. En el mapamundi es un punto, una manchita entre el Atlántico y el Caribe que muchos confunden. Pero pon un pin en cada lugar donde suena una bachata a las seis de la mañana en una cocina ajena, donde hay un salón con la bandera, donde alguien dice «qué lo que» en una fila del supermercado en Massachusetts, y verás que el país no termina en la frontera. Empieza ahí.

La diáspora dominicana es la refutación más hermosa a la idea de que somos pequeños.

Nos enseñaron en la escuela que somos una isla de 48 mil kilómetros cuadrados. Nadie nos enseñó que somos también la bodega de Washington Heights, el taller de Providence, el food truck de Orlando, la barbería de Madrid, el consultorio en el Bronx, la oficina de concejal en Lawrence, la tarima de la Parada Dominicana en la Sexta Avenida. Somos un país portátil. Un país que se lleva en la maleta, en la sazón, en la forma de saludar.

Y eso, que parece poesía, es geopolítica pura.

UN PAIS QUE NO SE FUE, SE MULTIPLICO

El dominicano no emigró solo para irse. Emigró para quedarse en dos lugares al mismo tiempo. Esa es la diferencia. Otras diásporas rompen con su origen; la nuestra lo alarga como un cable de extensión. Por eso aquí no hay «ex-dominicanos». Hay dominicanos de aquí y dominicanos de allá, que es otra forma de decir dominicanos, punto.

Esa doble presencia es una fuerza económica que ninguna reforma tributaria ha logrado entender del todo. Son más de 11 mil millones de dólares al año en remesas, sí. Pero la cifra es lo de menos. Lo importante es lo que esa cifra significa: que hay tres millones de personas fuera que, aunque les dieron la oportunidad de olvidar, decidieron recordar pagando.

Cada envío de 100 dólares a Baní, a San Francisco de Macorís, Villa Consuelo o Los Mina es un voto. Un voto de confianza en un país que muchas veces no le dio razones para confiar. Es un acto de fe más grande que cualquier discurso de inversión extranjera. Es decir: «Yo me fui porque tuve que irme, pero mi casa sigue siendo allá».


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